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Resiliencia del Caribe Mexicano


La naturaleza nos muestra una capacidad de resiliencia asombrosa, pero enfrenta un desafío monumental con el cambio climático.

En la medida que los ecosistemas luchan por adaptarse, nosotros también como humanos, y como habitantes de un litoral costero turístico debemos reflexionar, sobre nuestra responsabilidad en esta danza interconectada.

Nuestro desarrollo es pujante y exitoso, hacemos hoteles e infraestructura para esa industria sin chimeneas, todo eso lo hacemos paralelamente al litoral, la morfología de nuestro desarrollo obedece a la orientación norte/sur de nuestras costas.

Paralelo a ese desarrollo están los pueblos de apoyo o manchas urbanas ya, como la parte continental de Isla Mujeres, Puerto Juárez, Cancun, Bonfil, Puerto Morelos, Petempich, Playa del Carmen, Puerto Aventuras, Akumal, Chemuyil, Tulum, Felipe Carrillo Puerto, Majahual, Xcalak, Bacalar y Chetumal.

Paralelo a ese desarrollo hacemos carreteras, aeropuertos y un tren.

Paralelo a ese desarrollo turístico, urbano y de infraestructura crece nuestra población también, ya casi de 2 millones de Quintanaroenses según los Censos del 2020.

Paralelamente a ese desarrollo corre el arrecife, la laguna arrecifal, la duna costera y la selva, todo corre de norte a sur.


Nuestra resiliencia como pueblo, se cimenta en este concepto básico, resiliencia que es nuestra capacidad de resistir el cambio climático y el desarrollo mismo, de adaptarnos y evolucionar si es preciso.

Lo único que no corre paralelo y ancla nuestra mayor vulnerabilidad, es el agua dulce.

Y cuidado, para el Caribe Mexicano, el agua subterránea producto del flujo natural del acuífero, fluye mayormente a las costas, pero lo hace perpendicular a todo ese litoral de ecosistemas y desarrollo paralelos.

Entonces, nuestra resiliencia técnicamente debe estar enfocada a reducir todo riesgo sobre ese sistema de flujos subterráneos que va en dirección poniente - oriente.

Por ende, la carretera turística más transitada del País corta miles de ríos subterráneos e invade cientos de hectáreas de lagunas y manglares.

Nuestras zonas hoteleras, todas cruzan cientos de ríos subterráneos y nuestras ciudades están sobre cientos de cenotes urbanos.

El Tren Maya corta igual cientos de ríos subterráneos por que es perpendicular a su flujo natural, las manchas urbanas y asentamientos poblacionales que va a generar en forma indirecta y segura el Tren en sus puntos de paradero, igual estarán sobre cenotes y ríos subterráneos.

Todo lo que hacemos tiene esta característica, atenta contra nuestros ríos subterráneos.

El agua de la lluvia cae a nuestro suelo delgado y permeable, se infiltra al subsuelo a razón promedio de 70%, eso recarga el acuífero subterráneo, pero el agua no se estanca en el subsuelo, fluye en dirección a las lagunas costeras, en ese flujo forma cientos de ríos subterráneos, a veces se colapsa alguna bóveda y se abre una ventana que nos muestra ese río, los mayas le llamaban Dzonot, o pozo, en la jerga turística se acuñó como cenotes.


Debemos pensar en términos de ríos subterráneos y no de ubicación de cenotes, los cenotes podrán ser librados con pilotes y puentes de concreto prefabricado, pero los ríos que no vemos, tienen que ser detectados por estudios de mecánica de suelos o no se percibirán.

En fin, el punto es que nuestra resiliencia depende de la comprensión profunda de este flujo del agua subterránea.

Es a mi juicio el activo más valioso que tenemos y desestabilizarlo podría entorpecer todo el collar de ecosistemas y belleza que vendemos al mundo.


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